Galería
Caminas solo, por los pasillos altos y amplios; sigues solo, dejas de
caminar, continuas a la brevedad, aún solo. Tu saco favorito a rallas es
salpicado por palomillas torpes que volaban caóticamente cerca de los pequeños
reflectores hirvientes, aunque pronto se dispersan los insectos por las leves brisas
que se crean al abrir una puerta. En ese momento recuerdas que olvidaste cómo
llegar a esa abertura que hay en la pared, entrada y salida única de esta
galería, y observas que por las ventanas sólo cabe el canto de un ave delgada,
a pesar de esto no te sientes enclaustrado, porque puedes o crees que puedes
salir cuando te plazca, pero experimentas todo menos placer.
Te quitas los estorbosos anteojos que siempre has
detestado, no los necesitas para mirar de cerca pero sin ellos eres
completamente inútil. Hay cada vez más gente, ves pasar sus borrosas caras,
ropas y sombras, pero sientes que la intimidad de tu recorrido es respetada y
resguardada por las paredes, no te sientes perdido, porque sabes o crees que
sabes que en algún lado habrá un espejo colgado retratándote.
Ahuyentas el zumbido de tu silencio que intenta y logra
postrarse en tus pensamientos para dar por terminada
tu travesía, te sientas en un sofá maltrecho a beber un poco de vino de cortesía
y a quitarte también los estorbosos zapatos que aprendiste a detestar; afuera
no es día ni noche lo que te espera, es una calle nublada y sin horas. Te
largas antes de que suenen aplausos, elogios o agradecimientos, empuñando en el
interior del bolsillo de tu pantalón la obra más importante de esta y tantas
otras galerías.
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