Abajo
Ver a la noche arrastrar su abrigo morado, y verla depositar la ceniza de su puro de nubes espesas en el tazón redondo que arde de
a poco a casi nada. Respirar ese humo añejo y exhalado, y sentir que a todo le
hace falta un aire ya respirado, pero igual de fresco como el río que pasa
subterráneo por las vías del tren inmóvil y oxidado.
A las casas de la ciudad les falta un viento clandestino que les despegue la pintura, les tumbe las
murallas, les abra los portones y les saque los huéspedes a la calle, para que
caminen junto a perros bohemios, bicicletas errantes, árboles súbitos y
lámparas intermitentes.
Pensar que se puede ir a lugares nobles para ver una
arquitectura azarosa, con la música allá a lo lejos y aquí mismo enseguida, con
un olor a lavandería que se asoma por las esquinas, ese mismo olor que resulta ser la cosa más alienígena sobre la Tierra.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Siéntete libre de hacer comentarios, observaciones y correcciones.