¿A qué jugamos?
¿A qué jugamos? A que yo digo todo lo que brota de mi
mente cuando me desespera el miedo; a que soy el mártir por excelencia; a que
no me necesitas, a que no te necesito, a que nada es necesario.
O prefieres que juguemos como aquella vez que
respiramos juntos y descubrimos que después de exhalar aún podemos vaciarnos
más los pulmones, casi devolverlos, y voltearnos la piel entera para exponernos
al más leve contacto y morir al instante, pero morir juntos que es lo
importante.
Juguemos a la vida y olvidémonos de la muerte
obligada, que naturalmente no podemos jugar porque nos matamos y revivimos al
tercer día, aún con la Luna en los ojos. Juguemos a la vida porque la muerte
está impuesta sobre nosotros, y como toda imposición es detestable.
Juguemos a la vida posible, la de aquí a cinco años,
nueve meses, doce días y cuarto para las tres, esa que sirve de consuelo hoy y
que habrá de llegar con o sin nosotros, con o sin ti.
Pero si no morimos ni tampoco vivimos juntos entonces
dime, ¿A qué jugamos?
Al no irse de Sabines, Al falso abandono de Benedetti, Al azar fantástico de Cortázar. Pero todos esos son juegos ajenos, yo digo que juguemos a amarnos sin reglas, sin castigos, sin límite de tiempo. ¿Juegas conmigo?
Al no irse de Sabines, Al falso abandono de Benedetti, Al azar fantástico de Cortázar. Pero todos esos son juegos ajenos, yo digo que juguemos a amarnos sin reglas, sin castigos, sin límite de tiempo. ¿Juegas conmigo?
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