Mis manos
Mis manos, ya no me sirven mis manos, han de cavar
hondo en mi cuerpo para no irse volando entrecruzadas, manchando la luz como lo haría la
sombra de un ave delgada.
Con las uñas ensangrentadas en memoria, me he dado
cuenta que no me sirven estas manos tuyas que me dejaste, muy imperfectas como
para acunar pétalos de vida que llueven
a mediodía, demasiado raquíticas para usarlas de almohada en esta noche de
constelaciones sin brújula; me pierdo en el doblez marcadísimo de diez testigos
que sostuvieron mi rostro cuando lo derrumbabas con verme. Son también la
medida del amor que te tuve, y la medida del cuerpo que con tanta sencillez y
sensualidad insospechada sostuve en la palma de mis manos.
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