Para darse cuenta
Bastaban un par de horas para darse cuenta, usualmente
ocurría con una sutileza digna de ser ignorada, perfecta para no propiciar un
ambiente de ataque y defensa. No había necesidad, cuando la osita y yo
estábamos juntos ocupábamos la mitad del espacio presencial y el doble del
espacio físico, es decir, estábamos como dos cuerpos separados pero aún al
contrariarnos no ofrecíamos diferencia alguna. Las personas alrededor lo
aceptaban sin cuestionarlo e incluso lo favorecían haciéndonos notar que
nuestras cejas eran idénticas, pero tú y yo sabíamos que si las contábamos yo
tendría un número impar y tú un número par de vellos ennegrecidos y tupidos
sobre nuestros ojos que estaban ya tan acostumbrados a encontrarse con
verdadera espontaneidad. Pero la cosa no iba por ahí, lo sabíamos mientras
sonreíamos y pensábamos en estar solos. El deseo, que sin sorprendernos de que
fuese compartido, nos asaltaba quizá en los momentos propicios para morir en el
acto, las luces no se apagarían, nunca las apagábamos, aunque al
principio sí, al principio había tiempo y esperas y todo un día dedicado a
nuestra soledad compartida y era un dulce colmenar, sin poder distinguir entre
cadáveres venenosos, cera y miel. La seguridad de que nos
amábamos así desde antes, mucho antes. La evocación de ser uno solo, aunque yo sabía que
era todo un juego, una balanza, un par de vidas que se iban armando (tú) y
adaptando (yo).
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