Se cura con huevo
Que el espanto se cura con huevo, según la mítica que sostenía mi abuela, una de las tantas bondades de los no nacidos es
la de arrebatarnos la angustia desde sus paredes blancas o morenas, ellos hambrientos
de la experiencia helada, se dejan arrastrar por brazos, espaldas y frentes de
cuerpos de enorme candor crispado. Se llevan el susto al centro de
su recinto y juegan con él como único contacto externo, lo enmarañan y ovillan,
y el miedo se queda dócil flotando en esa viscosidad amarillenta que no tendrá
nunca temor de lo que viene antes de la vida ni de lo que sigue después de la
muerte.
Al reventarse el cascarón, yo veía estupefacto el resultado
de tanta tripa retorcida hundiéndose hasta el fondo de un vaso con agua,
después venían las buenas noches y me recostaba convencido de que yo iría a
cumplir la misma tarea de alojamiento, que desde otro lado puedo verme como un
frasco blando para el cosmos, y éste, que no se exenta de episodios homólogos
por ser infinito, recurre a una conciencia que no conozca los horrores de los
ciclos eternos. Jugamos así con los sueños, nuestro único contacto con un mundo
externo.
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